
El 8 de Marzo, es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Tuvo su origen en el 2º Congreso Internacional de las Mujeres Socialistas en 1910 y su promotora fue Clara Zetkin.
Y lo planteamos de forma tajante, primero ante el ocultamiento del origen del Día Internacional de la Mujer Trabajadora confundiéndose con hechos que ocurrieron posteriormente y segundo desde la indignación que provoca la usurpación de nuestro día. La ONU, una organización imperialista que manipula el discurso quitando la palabra “ trabajadora” a nuestro día y que mira sin hacer nada como miles de mujeres y niñas son asesinadas a manos del fascismo sionista en Palestina, cómo persiguen a las mujeres kurdas, cómo segregan a las saharauis y cómo reprimen y someten a las mujeres en Afganistán e Irán.
Y es el día de las mujeres trabajadoras porque nos rebelamos como mujeres ante este sistema capitalista – imperialista que hasta donde le conviene mantiene relaciones sociales patriarcales, pero también nos rebelamos como parte de la clase obrera, de la ciudad y el campo. Como trabajadoras somos tan explotadas como los varones, con lo particular de que las mujeres tenemos empleos muy precarios y bastante mal pagados. A eso se suma la explotación como mujeres, porque la sociedad, por el hecho de nacer mujeres nos impone una forma de ser, de pensar y de actuar. Desde la sobreexigencia del trabajo doméstico, de los cuidados, hasta la exclusión de ciertos espacios, la cosificación, la hipersexualización y la explotación sexual tienen cara y cuerpo de mujer. Los feminicidios por ser propiedad de la pareja, o trofeo de guerra de organizaciones criminales son la expresión más cruel del patriarcado.
El 8M nos rebelamos contra el sistema, un sistema que debemos cambiar de forma revolucionaria y que sí o sí tiene que ir de la mano de la liberación de las mujeres, como parte del pueblo oprimido, pero también de la opresión basada en el género, contra los prejuicios impuestos desde hace siglos.
Hace casi 10 años, el movimiento feminista había tomado la calle, a base de movilización, debate y discusión se dio un primer gran logro, eliminamos los “crímenes pasionales” para ponerle su verdadero nombre: feminicidio. El nivel de conciencia sobre la violencia hacia las mujeres y el sentimiento de que el camino era la organización y la lucha callejera hizo aflorar cientos de colectivos, generó movilización, debate y opinión pública, puso a 300.000 mujeres en la calle y plasmó el Primer Encuentro de Mujeres del Uruguay.
Luego vino otro hito importante, la necesidad de establecer el paro general de mujeres. Encontramos resistencias del oportunismo en el PIT-CNT (tanto de varones como de mujeres, sobre todo desde la Secretaría de Género), primero negándonos la posibilidad de un gran paro de mujeres e imponiéndonos los paros mixtos, pero al ver que año a año más sindicatos se sumaban, no les quedó otra que dejar que cada filial resuelva.
Pero en los últimos años, bajó la ola. Por un lado el oportunismo (las organizaciones sociales y feministas frenteamplistas) que venía muy de atrás, de a poco fue copando los espacios de mujeres en los sindicatos y fue creciendo el feminismo institucional en la Universidad y de las ONG que son empresas financiadas por fundaciones y por potencias imperialistas. También primaron posiciones sectarias, despreciando la importancia de las mujeres trabajadoras, despreciando la necesidad de luchar por las reivindicaciones más urgentes y concretas, reduciendo todo a una guerra academicista, de conceptos y buscando hacer negocio con la causa de las mujeres, consiguiendo algún proyecto de investigación o algún subsidio. Algunas de estas hoy son senadoras votando un presupuesto que dejó afuera a las mujeres.
Hoy asistimos al silencio vergonzante del movimiento feminista sobre lo que está pasando en América Latina y el mundo, bajo la amenaza del fascismo y sobre la masacre que sufren las mujeres en Irán. Esto último es gravísimo, porque hay organizaciones y referentes políticas feministas financiadas por el régimen teocrático en occidente.
En los últimos años hasta era difícil hablar del SER MUJER. Las externalidades minoritarias y que en definitiva y muchas veces sin quererlo son funcionales al sistema, lograron más de una vez que la palabra MUJER ni siquiera aparezca en las convocatorias. Se hablaba de “huelga feminista” sin mencionar la palabra mujer, como si esto incomodara, como si ofendiera a alguien, pero resulta que las mujeres terminamos siendo eclipsadas e invisibilizadas.
Como consecuencia de tantas vacilaciones y el discurso antifeminista sobre todo encarnado desde la derecha que sacó provecho de esto, -y que permea en toda la sociedad- el último 8 de marzo éramos 15 mil personas, fue la movilización más pobre desde la explosión en 2018. En años anteriores, sólo unas pocas mujeres de la izquierda consecuente nos movilizábamos.
Entendemos que tomando lo acumulado en estos años, hay que retomar el camino desde las cosas más esenciales. Recuperar el significado de nuestro día, de las mujeres trabajadoras y demostrar que nosotras nos podemos organizar para luchar por nuestras reivindicaciones, tomar parte activa de todas las demás luchas populares, porque como mujeres trabajadoras nos atraviesan todas las luchas. Pero siempre desde una perspectiva de la transformación revolucionaria de la sociedad y por la liberación de las mujeres.
Alejandra







